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Myanmar (VI): Y el cuento se acabó – Lago Inle –

En algún lugar leí, antes de empezar el viaje, que si Birmania era un cuento, el Lago Inle era uno de los capítulos más apasionantes del mismo.

Una vez que estás allí te das cuenta que eso es completamente cierto.

Pero más que un capítulo es un epílogo o una precuela porque Inle no es Myanmar. Contiene su esencia pero allí transcurre otra historia, otra vida.

Myanmar es lento. Inle es relajado.

Myanmar transpira. Inle respira.

Myanmar es estático. Inle se filtra.

Myanmar permanece a la espera. Inle bulle.

Barca surcando el Lago Inle

Pescador del Lago InleMercado de Mang Thawk

Toda la región que rodea al Lago Inle supone un viaje dentro del viaje. Los días allí fluyen como uno de los ríos marrones y vigorosos que cruzas en este país: de forma suave pero constante, evitando alteraciones del curso del agua, tomando fuerza para las pendientes y dejándose mecer en las laderas.

Desde Nyaung Shwe puedes coger una barca y recorrer las orillas del lago o incluso puedes llegar más lejos y visitar Sankar, esa tierra que hasta hace unos años era inaccesible a los extranjeros y a la cual ahora sólo puedes acceder con un guía de la tribu karen. Pero también puedes visitar el lago desde tierra, cogiendo una bici o dando paseos andando por los infinitos caminos que aparecen: puedes acercarte a los baños naturales de agua caliente, recorrer los viñedos o llegar al mercado de Mang Thawk. No hace falta pensar mucho en el destino, sinceramente, cada curva del lago guarda una sorpresa y nunca sabes cuál va a ser.

 

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NYAUNG SHWE

Alojamiento Hotel Amazing Nyaung Shwe

Restaurante View Point

Consejos Aunque el sentido común te diga que debes ver esta zona después de Yangon y antes de Mandalay es mucho más recomendable dejarlo para el final del viaje.

Imprescindible Además de conocer el lago dando una vuelta en una barca de motor, una excelente forma de adentrase en la zona es alquilar una bicicleta y seguir el contorno del lago por los diferentes caminos de tierra que existen (aunque es imposible dar la vuelta completa al lago por tierra).

 

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Myanmar (V): Los mil y un Budas – Pindaya –

Llegar a Pindaya desde Heho requiere de paciencia y una buena dosis de biodramina. Las carreteras, como casi todas las de Myanmar, son estrechas, llenas de curvas y con poco asfalto. Una vez en Pindaya, las cuevas son fáciles de encontrar, basta con mirar a lo alto de la colina y seguir la carretera llena de puestos comerciales dirigidos a los visitantes.
Lo primero que encuentras a la entrada de las cuevas es una enorme araña. Que hayan elegido un animal tan curioso como símbolo de la ciudad se debe, por supuesto, a una leyenda pero no por ello deja de llamar la atención (y de paso te preocupa un poco el qué te vas a encontrar dentro de las cuevas).
Como ya te has esforzado bastante en llegar hasta allí, una vez en la entrada puedes subir cómodamente en ascensor hasta las propias cuevas.
¿Y qué encuentras una vez que estás dentro? Una inusitada colección de Budas que ocupan todos y cada uno de los centímetros libres en las paredes de las rocas.
En los últimos dos siglos, diferentes peregrinos han ido donando imágenes de Buda hasta superar las 8000 estatuas. Cada una de ellas de un estilo y un material diferente (desde oro hasta mármol o madera).
Además de por lo bizarro de esta singular colección, las Cuevas de Pindaya sorprenden por la atmósfera esotérica que crea la humedad del entorno, los brillos de las esculturas y esa mezcla de olores.
¿Es un lugar bonito? Probablemente no lo sea pero, sin lugar a dudas, es de esos rincones que sorprende y se recuerda por mucho tiempo.
Cueva de Pindaya
Buda dorado
Luego otra vez el ascensor y una nueva sesión de carretera. Otra vez a sufrir curvas, baches y adelantamientos imposibles. Desde detrás del cristal del taxi que te lleve hasta allí podrás ver la cara más real y más cruda de Myanmar. Desde el primer momento en que pones el pie en Myanmar te das cuenta de lo pobre que es ese país pero aquellos que dirigen el país no son tontos y los turistas no se encuentran con la vida real en ningún momento, ven una fachada maquillada malamente y con costras que empiezan a desprenderse pero que aún oculta lo más difícil de digerir del régimen birmano.

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Rincón publicado (en versión resumida) en Minube

Myanmar (IV): Infinito – Bagan –

Como ya he comentado Myanmar es un país en el que puedes sentirte solo. Abandonado. Pero esa sensación se acaba en el momento en el que pisas Bagan o, mejor dicho, cuando estás en Bagan y queda media hora para que el sol se despida. Entonces, no sabes de dónde, comienzan a surgir cientos de turistas-vampiros que en cuestión de minutos te rodean. En Myanmar esa raza nativa de los viajes-organizados se mueve por un horario muy peculiar y es  la puesta de sol la hora que más les activa.

Los turistas-vampiro se mueve en grupo y siempre tiene mucha prisa por lo que para deshacerte de ellos es fácil: espera 10 minutos a que hagan sus fotos y compren todo lo que tengan a su alcance, entonces abandonarán el lugar, como si se tratase de un campo arrasado del que no pudiesen obtener nada más. Suspira. La tranquilidad perdida habrá vuelto…

Ese es el recuerdo de mi segundo atardecer en Myanmar, uno que vino precedido de una visita al galope de los templos más lejanos. Templos que aparecen de la nada y que se elevan, aún dignos, en una tierra que hace siglos debía brillar como el oro.

Antes de ese día hubo una tarde y un primer atardecer. Más especial. Más íntimo. Más memorable. Gracias, @Pak, por llevarme hasta allí.

Atardecer desde el río (Old Bagan)

Pero estas en Myanmar y no puedes dejar que un autobús de turistas o un inoportuno dolor de tripa eclipse a ese Bagan del que todo el mundo habla y con el que todo el mundo debería soñar.

Así que llega otro día, te montas en una bicicleta y te dedicas a ver los últimos templos que tenías en mente. Y cuando sales a la carretera te sorprende una legión de vendedores de cuadros que, a bordo de su moto, intentan negociar contigo mientras tú pedaleas sorteando carros. Y luego, inesperadamente, una pareja también motorizada llega con el libro de George Orwell en castellano para ofrecértelo y cuando te parece que todo eso tiene un punto surrealista muy divertido te encuentras con un chaval que es capaz de cantarte la canción de La Flaca de Andrés Calamaro de pe a pa. Y entre historia e historia te encuentras templos como el Ananda que si no fuera porque el suelo arde te pasarías horas contemplando o el Thatbyinnyu que, no sé sabe cómo, conserva unos detalles arquitectónicos sumamente elaborados o el templo Sulamani en el cual entrevés, alumbrados por la intermitente luz de la linterna de uno de los restauradores, las impresionantes pinturas murales que acoge o fisgoneas la silueta de otras estupas desde el Nathlaung Kyaung

Templos de Bagan

Templo Ananda (Bagan)

Templo Bagan

Y luego llegas a un templo totalmente vacío desde el que poder contemplar la multitud de estupas y pathos que ves en el horizonte escuchando únicamente el viento mover levemente las hojas de los árboles bajo cuya sombra reposa tu bici. Y quizá ese Pyathada Paya, al que has llegado por pura casualidad, no sea el templo más impresionante que has visto pero, sin duda, será aquel que te deje un recuerdo más perdurable.

Vistas desde el Pyathada PayaBicicletas junto al Pyathada Paya

Y confías, ilusamente, en encontrar un templo tan tranquilo como ese para ver cómo el sol se oculta en el horizonte pero, claro, los turistas-vampiros vuelven a irrumpir y terminas haciendo más caso a esa curiosa fauna que a ese sol anaranjado y vergonzoso que, una vez más, acaba escondiéndose detrás de las nubes y dejándonos a todos con la cámara encendida y un pizca de decepción.

Pero nadie puede irse de Bagan con esa sensación porque allí siempre se tiene otra oportunidad, otro plan: ¿Qué tal un amanecer perfecto antes de seguir el viaje?

Aquí lo tienes:

Amanece en Bagan

Ahora sí, ¡adiós Bagan!

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BAGAN

Alojamiento May Kha Lar Guest House

Restaurante El estado de mi estómago no me permitió hacer muchos experimentos gastronómicos pero las pizzas de la calle principal de Old Bagan me salvaron el día.  

Consejos No merece la pena ir a los templos más turísticos para ver atardecer. Con poder ir a uno con la suficiente altura para ver la llanura de Bagan es más que suficiente.

En Bagan es más fácil encontrar conexión a internet que en otras ciudades birmanas, es una buena oportunidad para dar señales de vida a los familiares y amigos a través de la red.

Si vas a coger bici (o ir a ver el amanecer/atardecer) acuérdate de llevar linterna (y mejor si es un frontal).

Imprescindible Coge una bici y lánzate a ver los templos por tu cuenta. Si no tienes mucho tiempo alquila un coche de caballos para ver los más alejados (o para ir a ver amanecer/atardecer) y céntrate en recorrer los más cercanos con la bici (los de Old Bagan y algunos de la llanura central).

Myanmar (III): Una vuelta por la historia – Sagain, Inwa, Amarapura y Mingun –

¿Un día perfecto? Puede ser que éste lo fuera. Un día que toma prestada la música de La Habitación Roja como ritmo y espíritu oficial.

Un día que empieza en Mandalay pero se esparce por las ciudades de alrededor de forma viscosa y contagiosa y es que poca gente viene a Mandalay a vivir su ambiente (una mala decisión según mi opinión) pero sí acuden muchos turistas a visitar las llamadas ciudades imperiales de los alrededores. Todas ellas fueron capital del país en algún momento de la historia y aún conservan parte del misterio y anecdotario que se debió vivir en ellas durante aquellos años.

Podríamos decir que empezó el día cuando atravesamos el gran puente sobre el río Ayeyarwady que nos llevaba a Sagain. Allí, una vez que alcanzamos la cima -tras subir sus infinitos y agotadores escalones-, obtuvimos una vista espectacular de su horizonte: toda una colina de frondoso verde por la que se esparcen sus más de 500 estupas blancas. Ya en la cima,  sólo tuvimos que dedicar las siguientes horas a seguir algunos de sus senderos que se internan por la zona.

Vistas desde la colina de Sagain

Tras perdernos y encontrarnos casi sin querer por esa colina le tocó el turno de a Inwa. Cogimos una barca que parecía estar esperando a que un turista cualquiera llegase para partir y cruzamos a la otra orilla. Allí había una legión de carros tirados por mulas y sus chóferes se encargaban de convencerte para coger uno de ellos. No había muchas otras opciones así que, al paso cansino y sofocado de esas esqueléticas mulas vimos Inwa.

Inwa es agua, estupas y vegetación en desordenada alternancia salpicada por Budas sonrientes y monasterios reconvertidos en escuelas. Inwa es un pequeño paréntesis, una isla con baches en la que buscando sombra te encuentras tesoros resecos.

Recorriendo Inwa en carro

Monasterio escuela en Inwa

Inwa: Buda escondido

Barca para llegar/salir de Inwa

Y la tarde pasaba. Y el sol empezaba a perder altura. Y nuestro taxi azul puso rumbo a Amarapura y su famoso puente. Esos 1.200 metros de teca que podrías recorrer una y otra vez sorprendiéndote de los reflejos en el agua, de la gente que te cruzas en el camino, de las nubes que se instalan en el horizonte, de los colores imposibles que el atardecer se inventa. Sin duda, éste fue uno de los más geniales momentos del viaje. Ese instante que, si hubiera podido capturarlo, reviviría en los días menos buenos. Sería una píldora de positividad para los estados carenciales de alegría.

Puente de Amarapura: monjes y bicicletaAtardecer en AmarapuraAtardecer sobre el Puente de U Bein

Al día siguiente, antes de salir rumbo a Bagan, fuimos hasta el embarcadero de Mandalay y compramos un billete para el barco que nos llevaba a Mingun. Como siempre, sólo 4 personas hicimos el trayecto, todos turistas.

Las pulsaciones del viaje bajan mientras te dejas mecer por el cauce del Ayeyarwady, el río marrón, pastoso y consistente que tan importante es en este país. Es su fuente de ingresos. Es su enemigo porque separa tierras. Es su aseo diario. Es un vecino amistoso con quien la convivencia es perfecta… pero, a la vez, es un río irreal, ajeno y casi sobrenatural.

En una poco más  de una hora llegamos a nuestro destino. El barco se detiene junto a una construcción maestuosa desde la cual los niños saltaban al agua, las mujeres lavaban sus ropas y los visitantes se encargaban de hacer fotos a ese especie de templo calado en blanco que contrastaba con las aguas marrones del río.

Y luego te mueves a paso cansino, como si aún estuvieras flotando, por esa ciudad. Visitando uno de los templos más bonitos de todo Myanmar, la Hsinbyume Paya, e intentando imaginar qué hubiera ocurrido si el Rey Bodawpaya hubiera llevado a cabo su proyecto y la actual mole-montaña que sorprende en medio de Mingun fuese un templo dorado y colosal.

Cubierta del barco a Mingun

Niños saltando al agua desde el embarcaderoHsinbyume Paya

Tocaba volver a Mandalay remontando el cauce de ese incomprensible río inexistente que va más allá de nuestra imaginación. Y, de vez en cuando, la canción seguía sonando, débilmente, en tu cabeza repitiendo una y otra vez: Hoy es un día perfecto, hoy es un día perfecto, hoy es un día perfecto…

Myanmar (II): La vida desde un taxi azul – Mandalay –

En Mandalay los recuerdos viajan sobre cuatro ruedas. Cada imagen de esa caótica ciudad fue recogida en la parte trasera de una pequeña furgoneta azul que hacía las veces de taxi. Los saludos de los viandantes, de las familias enteras que ocupaban una diminuta moto, de los niños que saltaban a la carretera ansiosos de que les dijeses “hola”, de los monjes que daban color a las andenes… todo tenía el ritmo que los baches imponía, el olor a gasolina usada que desprendía nuestro taxi y el sonido de la canción de Shakira para el Mundial que los birmanos consideraban que era el himno pseudo-oficial de España y con la que nos obsequiaban todos los días.

Pareja en motocicleta

Pequeños monjes saludan desde la camionetaAutocar de línea

Mandalay, esa ciudad fea y a la que nadie gusta, fue la gran revelación del viaje. Días de cielos azules, gente emocionante y muchas cosas por hacer.

Mereció la pena pasar un día recorriendo sus principales puntos de interés:

Ver como los hombres (sí, también en el budismo existe la discriminación por sexos) cubrían de oro el Buda que está alojado en la Mahamuni Paya, un buda ya deformado por el exceso de donaciones diarias que recibe pero que es venerado y cuidado hasta el extremo.

Hombres colocando láminas de oro a Buda

Pasear entre las blanquísimas stupas de la Kuthodaw Paya, cada una de las cuales alberga una losa con un texto de la Tripitaka, lo que hace que a esta pagoda se la conozca como “el libro más grande del mundo”.

Stupas de la Kuthodaw Paya

Y, sobre todo, el Monasterio Shwenandaw, tallado de arriba abajo tanto su fachada como su interior en el que un magnífico Buda preside una atmósfera increíblemente mística.

Buda dorado del Monasterio Shwenandaw

La luz de sol se agotó con una fatigosa subida a la colina de Mandalay (prescindible según mi punto de vista).

Era hora de aprovechar la tarde. Las opciones culturales en Myanmar son abundantes. Las más conocidas son los espectáculos de los Moustache Brothers y las representaciones de marionetas. Estas últimas, de gran tradición en todo el país, recrean las creencias y costumbres birmanas con música y danzas.

Espectáculo de marionetas en Mandalay

Al poco de llegar te das cuenta que Myanmar es un país vacío. Abandonado.

Muchas veces recorriendo ese país te da la sensación de que está esperando a alguien, todo parece preparado a falta de que lleguen los invitados, que ocupen sus posiciones y entonces todo cobre vida.

Esa sensación empezó en el avión que nos llevaba al país, ocupado en menos de un 15%. Pero luego, ya en Myanmar, esa impresión fue convirtiéndose en una certeza: en la mayoría de los restaurantes siempre había más mesas libres que ocupadas, las pagodas parecían cerradas de lo solitarias que estaban, los barcos no salían del puerto porque no había suficiente gente para que compensara el viaje…

Pero esa realidad fue especialmente llamativa en el teatro de marionetas de Mandalay. Una compañía de seis marionetistas, cinco músicos, dos bailarinas, más gente de iluminación, acomodadores, taquilleros…  dieron una función para, exactamente, tres personas. Todo un lujo pero también una rabia. Tanto esfuerzo y tan poco repercusión, tanto entusiasmo y tan poco alcance. U Pan Aye, el maestro de la compañía de 81 años y el resto del equipo estaban preparados, las marionetas y sus historias estaban presentes, las butacas estaban listas… sólo faltaba que hubiera alguien que quisiera sentarse y compartir con ellos esa tradición que se remonta al siglo XV, esos momentos de complicidad.

Compañía de Marionetas de Mandalay

Y luego volver al hostal, recordando en qué esquina había que girar y evitando las motos que circulaban sin luz. Descubriendo que los taxis azules te traen y te llevan pero que tu sentido de la orientación no sabe circular, que sólo se activa andando.

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MANDALAY

Alojamiento Peacock Lodge

Restaurante El Peacock Lodge (no es un restaurante pero algunos días preparaba un menú cerrado para sus huéspedes muy recomendable).

Consejos La mayoría de las calles no tienen alumbrado público por lo que siempre es buena idea llevar una linterna en la mochila.

Imprescindible Negocia un tarifa para un día completo con unos de los múltiples taxis azules que hay en la ciudad y haz un recorrido de un día por Inwa, Sagaing y Amarapura. Aprovecha el día siguiente para coger un barco y visitar Mingun.

 

 

Myanmar (I): Casualidades y primeras impresiones – Yangon –

A Myanmar llegamos, como suele decirse, de casualidad. Los altercados entre los Camisas Rojas y el gobierno en Tailandia cambiaron nuestros planes que iban encaminados en otra dirección. Pero Myanmar siempre había estado allí. Latente. Esperando el momento para ser visitada… y era la oportunidad perfecta para decirle sí.
A Myanmar entramos, como suele decirse, por suerte. Tres días antes de salir de viaje nos anunciaron que el gobierno birmano anulaba la visa on arrival… Por suerte entramos en el país dos días antes de que esta medida entrase en vigor. Por suerte, el avión que nos llevaba a Bangkok aterrizó antes de tiempo y conseguimos coger el último avión que ese día llevaba a Yangon.
Gracias a la casualidad y a la suerte Myanmar fue real.

Un avión semivacío se hace mucho más grande y triste que uno repleto. En este caso, en el FA3792 que nos llevaba de Tailandia a Myanmar no íbamos más de 28 personas (en un avión de 180 plazas), menos de la mitad éramos occidentales. Entonces no lo sabíamos pero esa iba a ser la tónica del viaje.
La escasa hora y media que dura el vuelo la ocupamos en rellenar los 5 formularios que nos exigían para entrar en el país (además de 30 dólares y 3 fotos de carné), luego sólo quedaba esperar y cruzar los dedos esperando que los funcionarios birmanos se contentasen con eso…

Y en nuestro caso se contentaron. Estábamos en Yangon, estábamos en Myanmar.
Desde la ventanilla del taxi que nos llevó al hotel veíamos puestos de fruta en las aceras, admirábamos inestables construcciones, adelantábamos a pequeñas furgonetas repletas de gente y a osadas bicicletas zigzagueantes. Ni una valla de una marca conocida, ni una tienda que pudiéramos saber qué contenía, ni una referencia a esa supuesta grandeza de occidente. Todo era tan nuevo. Tan excesivamente desconocido. Tan inefable.
En ese primer viaje en taxi te das cuenta que en Myanmar tus referencias culturales y comerciales no sirven de nada. No existen. Nada de anuncios de Coca-Cola dándote la bienvenida en el aeropuerto, ni enormes vallas de Media Markt en la carretera, ni 7 Eleven, Starbucks o Burger King coloreando las aceras. El paisaje de Yangon es nuevo para unos ojos occidentales.
Si desde el avión ya veíamos nubes, la capital nos enseñó lo que era el monzón. Lluvia torrencial durante la primera noche. Una lluvia que parecía querer asustarnos o borrar todos nuestros perjuicios o simplemente insuflar nuevos aromas a esas calles. Una lluvia que nos enseñó que en ese país toda su agua es marrón. Que lleva tierra, orígenes y recuerdos. Una lluvia que no es cristalina porque en ese país sólo lo es su gente.
Fue el único día del siguiente mes que vimos llover así. El resto de los recuerdos de Myanmar tienen un sol brillante y rotundo que quemó las fotos, la piel y cualquier posible resistencia a enamorarse de ese lugar.
Yangon es una ciudad difusa y desestructurada en la que tu sentido de la orientación se ve bastante mermado. Ahora puedo decir que es una ciudad fea y poco valiosa para un turista pero eso lo digo ahora, una vez que he vuelto de ese país y he recorrido otras zonas. En esos primeros días, allí, Yangon me pareció una ciudad interesante con mucho por descubrir: desde una gastronomía inesperada y sorprendente hasta un ajetreo en sus calles que contaba mucho de lo que ocurría en todo el país. Una ciudad en la que chocaban olores contradictorios: del olor dulzón de sus parques y pagodas a la nauseabunda mezcla producida por la fruta pasada y la contaminación. Un lugar en el que empezar a entender, a comprender y a querer a ese país tan poco conocido.
Autobuses Yangon
Nos costó movernos y empezar a habituarnos a algunas cosas de ese país. Perdimos tiempo buscando la mejor forma de cambiar dinero y no quisimos acelerar las cosas. Un día más en la capital, más tiempo para ver las cosas, para adaptarnos a su velocidad y a sus formas.
Billetes birmanos
Por supuesto, fuimos a visitar la Shwedagon Pagoda. Sólo recuerdo cuánto brillaba todo el pan de oro que estaba invertido en ese enclave, cómo decenas de personas limpiaban constantemente el suelo, cómo las frutas y las ofrendas se amontonaban en cada pequeña paya. El gris predominante en Yangon se diluía allí para dejar paso al dorado y a un blanco insultante. Antes de salir del país leí que Aung San Suu Kyi, en uno de sus artículos, definía a Myanmar como la “La Disneylandia fascista”; mientras paseaba por ese gigantesco recinto esa definición se me venía constantemente a la cabeza. Ese parque de atracciones budista es sólo una de las muchísimas contradicciones sociales que vas cruzándote en el día a día de Yangon. Una vez que aprendes a mirar, que tus ojos se acostumbran a cosas nuevas te sorprende descubrir que la pobreza de esa ciudad no es tan homogénea como en un primer momento te parecía. Por un lado ves enormes y carísimos coches occidentales aparcados en las calles, descubres alucinada un showroom de Sony en el centro de la ciudad o te encuentras con el anuncio de una crema exfoliante para chicos o de un centro de golf pero, al mismo tiempo, te das cuenta que lo que allí podría llamarse “clase media” es un hombre que pone un teléfono con cable en un puesto en la calle y se gana la vida con las llamadas que otros hacen, son chicas que venden una piña partida en raciones durante todo un día, son mujeres que llevan en sus cabezas enormes capachos repletos, son niños que trabajan desde que aprenden a andar, son gente que arranca uno a uno los hierbajos de los parques con sus manos. Y ellos son parte de la afortunada clase media birmana.
Shwedagon Pagoda
Limpiadora Shwedagon Pagoda
Ofrenda monja en Shwedagon Pagoda
Unos días después -días que ya empezaban a perder su forma y a confundirse en el tiempo- dejamos Yangon. Esa parte de Myanmar que no es Myanmar, que es el resultado de una burocracia férrea y unas decisiones casi siempre equivocadas. Un lugar que existe pero que a veces piensas que no lo hará siempre.

Y llegamos a nuestro nuevo destino. Y había más coches y ahora también motos y ruido y pocas aceras y una cantidad descontrolada de perros y polvo y humo.
Pero algo era diferente:
¡Hola Mandalay!
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YANGON
Alojamiento Classique Inn
Restaurante Green Elephant
Consejos El mejor cambio del país está en Yangon. Aprovecha para cambiar suficiente dinero para todo el viaje.
Una buena idea es llevar un móvil liberado y comprar allí una tarjeta prepago.
Imprescindible Pasear por las orillas del lago Inya. No es especialmente bonito, ni es monumental pero es una genial forma de olvidarse del ruido y el caos de Yangon que a veces agota tanto.